Evangelizar la familia, un objetivo urgente
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Evangelizar la familia, un objetivo urgente

Eugenia Romero de Rossini - Dirección de Familia de Fasta.

Hasta una generación atrás no se nos ocurría detenernos a reflexionar acerca de preguntas que resultaban obvias, tales como: ¿qué es la familia?, o ¿cuál es el rol de los padres? Eran realidades tan contundentes que, en sí mismas, constituían una referencia indubitable de orden natural, sobre la cual se asentaba el orden social, la tradición, las costumbres, la educación y, en fin, la cultura. Las corrientes ideológicas imperantes en la sociedad contemporánea han afectado de tal modo a la institución familiar que el mismo tema de la familia se ha tornado central, al punto de resultar insoslayable frente al agresivo laicismo que está borrando los rasgos fundantes de nuestra cultura. La familia es un tema de angustiante actualidad y, por ello, se ha convertido en una prioridad en el programa de la nueva evangelización que ha emprendido la Iglesia Católica y que asume nuestra Fraternidad de Agrupaciones Santo Tomás de Aquino – Fasta. Nos enseña el Fundador de Fasta, Fr. Aníbal Fosbery: “La velocidad del cambio separa a las generaciones desde sus orígenes y las deja sin proyecto de futuro. Porque en lo sucesivo nada va a ser igual. En esta sucesiva y vertiginosa sucesión de sucesos los padres se quedan sin transmitir. Se rompe la traditio, la tradición en todas sus formas. Quedarse sin tradición y sin futuro es el peor de los modos de estar a la intemperie. La familia debe cobijar en su espacio social, sapiencial y cultural, los valores que no cambian y ayudan, no a dominar y transformar la realidad con poder y eficiencia, sino a interpretar la vida”. (2012, p. 77) La defensa y protección de la familia transcurre por dos vías distintas, pero no paralelas, sino convergentes: la vía antropológica y la vía religiosa. Ambas apelan, desde sus propias perspectivas, a la dignidad de la persona humana como valor y como principio fundamental. Por un lado, la dignidad es un derecho y una cualidad. No es solo un concepto moral, sino también un principio jurídico. Se trata de un principio rector en las interacciones humanas y en la relación entre los individuos y el Estado. Es inalterable e inalienable, fundado en la naturaleza misma de la persona humana, y exige el respeto de su libertad y autonomía: su dignidad ontológica, psicológica, moral, espiritual y religiosa. Por otro lado, para los cristianos, la dignidad de la persona humana responde a su origen divino, como expresión del querer de Dios en la Creación; por lo tanto, la persona participa por semejanza de la dignidad de Dios. La familia se funda a partir de la unión de dos seres creados a imagen y semejanza de Dios; por lo tanto, esa unión contiene la misma dignidad y adquiere la misma trascendencia. Cristo vino al mundo en una familia, dando mayor evidencia al querer de su Padre, y Él mismo confiere al matrimonio —fundamento de la familia— el rango de Sacramento, es decir, de unión sacral. Tal como explica Fosbery: “La naturaleza divina se ha implicado con la naturaleza humana. La Encarnación del Verbo de Dios, con la cual se va a cumplir el plan salvífico del hombre, ocurre en una familia, en la familia de Nazaret. Todo el comienzo de la instauración del Reino ocurre en una familia” (2013, p. 191). Por ello, vulnerar o atacar la familia es vulnerar o atacar los derechos del Creador. Allí radica su máxima dignidad. La dignidad de la familia cristiana surge de esa unión sacral que es el matrimonio y necesita ser cuidada con la fuerza de la fe, los sacramentos y el compromiso del cristiano. La familia es el lugar donde se vive y cultiva la fe. Allí radica la misión salvadora y profética de los cónyuges, llamados a anunciar lo que sucede y hablar en nombre de Dios. La familia ordenada a Dios vive en paz, una paz que se nutre de la concordia, es decir, del amor a las mismas cosas. Tal como propone Fr. Aníbal Fosbery: “Allí se forma la conciencia. Sin discernimiento de la conciencia es imposible la paz cristiana; y la falta de paz termina con la esperanza. Donde no hay comunión no baja el Espíritu Santo. Si en las familias no hacemos presente el misterio de Dios, será imposible que podamos entender las cosas que hay que hacer”. (2012, p. 79) Estas dos vías —la antropológica y la religiosa— se encuentran en el punto en que la familia se convierte en la piedra angular de una cultura: la unidad natural donde se asientan la vida, el orden social, la tradición, la cultura y la educación del hombre. Para el programa de la secularización, la familia es la madre de todas las batallas. Desde esta perspectiva, se niega el orden natural, y la familia deja de ser una realidad fundada en la naturaleza para convertirse en algo definido por los afectos individuales. Si la verdad cambia permanentemente, nada queda firme ni duradero: todo se vuelve circunstancial, incluso los lazos familiares. Con el fin de borrar este hecho de la conciencia del hombre, se han ido debilitando los valores que sostienen la familia: la paternidad, la educación, la moral, la tradición y, especialmente, los valores religiosos. Fr. Aníbal Fosbery advierte este escenario: “Estamos enfrentando una profunda y aguda revolución cultural que consiste en lograr, por todos los medios, que lo que antes en el ámbito de los valores familiares eran considerados delitos, hoy sean tenidos como derechos. Aquí es donde se desdibujan los llamados derechos humanos”. (2013, p. 254) Este es el horizonte en el que se juega el futuro de la familia. Su debilitamiento implica también el debilitamiento de la cultura. Con la familia se juega lo que San Juan Pablo II denominó la “soberanía fundamental” de una sociedad. La obra de Fasta convoca a sus miembros al buen combate de la fe, orientando su acción apostólica hacia la familia, contemplándola en el plan salvífico de Dios y en el contexto de la cultura contemporánea. En esta línea, Fosbery advierte que “la familia cristiana tendrá que habitar un doble espacio: uno terrenal y otro religioso” (2012, p. 62). Y señala: “Hoy más que nunca tenemos que encontrar espacios donde podamos responder a dos vocaciones... transitar los caminos del tiempo y de la historia sin renunciar a lo que Dios nos pide”. (2013, p. 254) La familia está atravesada por una dimensión religiosa que hoy se vuelve especialmente necesaria: “El grave deterioro de la familia proviene de no querer dar a Dios lo que es de Dios. Esta vocación que empieza en la familia es auténticamente religiosa y nos religa con el Señor. Si se quebranta la familia como espacio de realización, perdemos el sentido del bien y de la verdad, y desde allí es imposible encontrarse con el misterio de Dios”. (2013, p. 254) Para FASTA, la evangelización de la familia consiste en edificar un ámbito que la proteja y la preserve como testimonio del querer de Dios y como piedra angular de una cultura. Fosbery lo expresa con claridad: “Hoy no hay familia, porque los hombres y mujeres viven a la intemperie; no tienen capacidad de fundar espacios donde crecer y desarrollar su dignidad. No tienen dónde habitar”. (2012, p. 62) Este “hábitat” debe ser un espacio de encuentro, de alegría, de celebración, donde la amistad se funde en un clima y un fin compartidos. Por eso, sostiene: “Queremos ser la ciudad del Resucitado y anunciar que, al final del camino, valen la pena la amistad, la esperanza y la generosidad, para ser familias peregrinas de esperanza”. (1991) Referencias bibliográficas Fosbery, A. (1991). Alocución en Huerta Grande, Córdoba. Archivo personal del autor. Fosbery, A. (2012). La familia y la mujer hoy. Buenos Aires: MDA Editorial. Fosbery, A. (2013). El matrimonio y la vida consagrada. En Reflexión sobre el Evangelio de San Mateo (Vol. II). Buenos Aires: MDA Editorial. Fosbery, A. (2013). Reflexión sobre el Evangelio de San Mateo (Vol. II). Buenos Aires: MDA Editorial.
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